Diario de Brise d’automne — Aprender a estar en medio
Hay momentos en los que me descubro pensando que debería estar más avanzada, que tendría que haber empezado ya, que tendría que tener algo entre manos que justificara este tiempo. Mi cabeza no para: ideas, proyectos, posibilidades que aparecen una detrás de otra, pero que no siempre se traducen en acción. Y aunque la ilusión está ahí —porque lo está—, convivir con tantas ideas sin llevarlas a cabo no siempre es fácil.
Me cuesta aceptar este punto. No me permito del todo estar aquí sin explicaciones, sin sentir que tengo que justificar por qué no hago más, por qué no avanzo más rápido. Y, sin embargo, cuando escucho con un poco más de atención, lo que aparece no es prisa, sino otra cosa: la necesidad de crear desde dentro, de dejarme llevar de una vez, sin pensar en cómo se verá desde fuera, sin anticipar juicios que quizá ni siquiera existan.
Este momento tiene un ritmo muy concreto. No es ruidoso ni urgente. Es silencioso y lento. Un ritmo que no se impone, pero que tampoco desaparece. A veces siento que, si no hiciera nada más que quedarme aquí un poco más, no pasaría nada grave… aunque sé que a mí me faltaría algo. No porque este lugar esté mal, sino porque crear forma parte de mí y necesito que esté presente, aunque sea de una manera distinta a la habitual.
Otras veces ya he estado en este mismo punto, y al retomarlo todo me he dado cuenta de cuánto lo había echado de menos. Quizá eso también sea parte del aprendizaje: entender que no todo tiene que resolverse enseguida, que hay momentos que no son de avanzar ni de decidir, sino de sostener.
Aprender a estar en medio no es fácil. Pero quizá sea necesario.
Y quizá, poco a poco, también sea suficiente.
Hasta aquí por hoy. Porque incluso las semanas más simples guardan momentos que merecen ser recordados.
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