🧵 Mi material de bordado: las tijeras

Las tijeras son una de esas herramientas pequeñas que, sin hacer ruido, acaban volviéndose imprescindibles. Siempre están ahí, acompañando cada puntada, cada cambio de hilo y cada pequeño avance. Con el tiempo he aprendido que no todas sirven para lo mismo, y que tener varias no es un capricho, sino casi una consecuencia natural cuando bordas de manera habitual.

En mi caso, con los años he ido reuniendo distintas tijeras, tanto de bordado como de costura. Hoy tengo ocho tijeras de bordardos de costura, una de estilo costura pero con punta roma y forma de búho, y varias tijeras grandes pensadas exclusivamente para cortar telas: unas de corte recto, otras de zigzag y otras con corte scallop. Cada una tiene su función y su momento, y todas forman parte de mi rutina creativa.

Recuerdo perfectamente cuáles fueron mis primeras tijeras de bordar “de verdad”. Eran unas verdes con florecitas que compré la primera vez que fui a Creativa Barcelona. Fue, de hecho, mi primera compra en esa feria. Compré tres iguales: una para mí, otra para mi madre y otra para una de mis hermanas. Me hacía ilusión que las tres tuviéramos las mismas tijeras, como una especie de pequeño símbolo compartido.

Aunque hoy tengo muchas más, esas siguen teniendo algo especial. Ya no cortan igual que al principio —los años y el uso se notan—, pero sigo utilizándolas. Siempre acaban conmigo cuando me llevo alguna labor de excursión o de viaje, casi sin pensarlo, como si fueran una extensión natural de mi costurero.

Con el tiempo, y casi sin darme cuenta, ha aparecido otra tijera favorita. En este caso no lo es por una razón práctica ni porque sea la que mejor corta, sino simplemente por su forma. Es la tijera pequeña con forma de búho. Me parece preciosa. Es una de esas herramientas que disfruto solo con verla y tenerla entre las manos. A veces también eso cuenta: rodearte de objetos que te gusten y te inspiren, aunque no siempre sean los que más utilizas.

Al principio usaba siempre la misma tijera para todo. Con el paso del tiempo y a medida que fui teniendo varios proyectos entre manos, empecé a organizarme de otra manera. Ahora intento que cada labor tenga su propia tijera, guardada junto a la tela y los hilos correspondientes. Me resulta más cómodo y, además, evita despistes y cambios constantes mientras bordo.

Aun así, hay una constante: cuando salgo de casa con un bordado, casi siempre me acompaña la primera tijera que compré. Es ligera, manejable y me transmite una sensación de familiaridad difícil de explicar.

Para mí, en unas tijeras de bordar es importante que corten bien, pero también que me gusten. No concibo una herramienta que voy a usar tantas horas si no me resulta agradable a la vista y al tacto. Por suerte, puedo decir que todas las que tengo me gustan, tanto por su diseño como por su funcionalidad. No hay ninguna que haya sido una mala compra.

Soy bastante ordenada con mi material, y las tijeras no son una excepción. Tengo fundasestuches, un estuche de madera, y también colgantitos que suelo ponerles a casi todas. Normalmente, cada proyecto tiene su propia funda, donde guardo todo junto: tela, hilos, agujas y, por supuesto, las tijeras. De esta manera, cuando retomo una labor, lo tengo todo a mano y listo para seguir.

Algunos de estos estuches y fundas los he hecho yo misma. El estuche azul, por ejemplo, es un proyecto propio, al igual que las dos fundas granate para guardar tijeras. Me gusta que mis herramientas estén protegidas, pero también que reflejen un poco de mí y de mis gustos.

Con el tiempo me he dado cuenta de que mi colección de tijeras no ha crecido por acumular, sino por necesidad y uso real. Cada una ha llegado en un momento concreto, para un tipo de labor o porque tenía sentido incorporarla. No siento que me sobre ninguna, ni que me falte algo: están usadas, cuidadas y forman parte de mi manera de bordar, igual que los bastidores o los hilos.

Nunca he perdido ninguna tijera. Soy bastante cuidadosa y tengo la costumbre de terminar de bordar, recogerlo todo y devolver cada cosa a su sitio. Quizá por eso mis tijeras no solo están bien conservadas, sino que también acumulan recuerdos: proyectos terminados, horas tranquilas y temporadas más creativas que otras. Pero aún así, tengo "buscatijeras" en casi cada una de ellas para hacerme más fácil la labor de localizarlas.


Al final, las tijeras no son solo una herramienta más. Son parte del proceso, del ritmo del bordado y de esos pequeños gestos repetidos que hacen que sentarse a bordar sea tan reconfortante.

Y ahora tengo curiosidad por saber: ¿tenéis una tijera favorita para bordar, o vais cambiando según el proyecto?

Gracias por estar al otro lado. Si te apetece, déjame un comentario.

Me encantará leerte.

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